miércoles, 12 de agosto de 2009

El Significado Último del Arte

André Malraux expresado en ocasión cercana a su muerte: "Distinguí dos lenguajes que oía simultáneamente desde hacía treinta años. El de la apariencia, el de una multitud que sin duda se había parecido a lo que yo veía en El Cairo: el lenguaje de lo efímero. Y el de la verdad, el lenguaje de lo eterno y lo sagrado. El arte no revela que los pueblos dependan de lo efímero, de sus casas y sus muebles, sino de la verdad que les tocó crear. Todo arte sagrado se opone a la muerte, porque no adorna su civilización, sino que la expresa, según su valor supremo".


9. El significado último del arte

No interesa tanto la forma ni la materia de la obra de arte como su significado, su intención. Sabemos que el artista trasciende al artesano, pero que hay artesanos que son artistas genuinos, que un objeto de culto puede convertirse en una obra maestra, pero que esta no siempre será objeto de culto. Como dice Malraux

si un crucifijo gótico se convierte en estatua porque es una obra de arte, la relación peculiar de sus líneas y volúmenes - que la hacen obra de arte - es la expresión artística de un sentimiento que no se limita a la voluntad del arte. No es el hermano de un crucifijo pintado por un ateo de talento, que sólo expresa su talento. Es un objeto, es una escultura, pero también es un crucifijo. (6)

Aquí reside el gran misterio de la creación artística. Una pintura puede ser un retrato, pero además nos dice algo que, a veces, ni siquiera el propio retratado sería capaz de expresar. El artista, el grande, pone una semilla de inmortalidad en su obra. El crucifijo que menciona Malraux es doblemente eterno, como encarnación de la belleza para todos los hombres y como testimonio del sacrificio divino para el cristiano. Esa permanencia incomprensible frente a la adversidad, esa fidelidad radical de la obra tiene un valor trascendente que será percibida por todos, creyentes y no creyentes por igual.

Para el no cristiano el pueblo de estatuas de las catedrales no expresa tanto a Cristo como expresa la defensa de los cristianos, por Cristo, contra el destino. (629)

El arte refleja entonces la lucha del hombre frente a un destino implacable, la superación del caos y de la muerte. Y lo que vale para la religión cristiana se extiende a todas las demás. Las puertas del Museo imaginario se abren a un nuevo ecumenismo.

La lección de los Budas de Nara o la de las danzas de la muerte de Shiva no son una lección de budismo o de hinduismo. El Museo imaginario es la sugestión de un vasto posible proyectado por el pasado, la revelación de fragmentos perdidos de la obsesiva plenitud humana, unidos en la comunidad de su presencia invencible. (637)

Para Malraux el Museo imaginario es muchísimo más que un repositorio, que un conservatorio de reproducciones. Es nada menos que el lugar de la reconciliación del hombre con sus hermanos, el lugar de encuentro del artista de hoy con el de ayer y de mañana. Esa plenitud humana desborda la singularidad en el tiempo y en el espacio porque

Cada una de las obras maestras es una purificación del mundo, pero su enseñanza común es la de su existencia, y la victoria de cada artista sobre su servidumbre converge en un enorme despliegue, el del arte sobre el destino de la humanidad. El arte es un anti-destino. (637)

Con esta frase "el arte es un anti-destino" está todo dicho. Malraux le asigna al arte una función humanizadora que no tiene fronteras de espacio ni de tiempo. El Museo imaginario, que él imagina, es el mundo de lo posible más que de lo actual, donde la obra de arte bien podría ser un proyecto irrealizado pero jamás irrealizable. Esta idea, como vimos antes, nos abre las puertas a una "interacción virtual" con la obra de arte de todas las épocas, incluso con la obra inconclusa que logramos completar y hasta con la obra nonata que podemos dar a luz. Los museos, reales, imaginarios y virtuales, nos ayudan a establecer una nueva relación con el pasado. Cumplen por eso una función irremplazable en la civilización.

La voz del artista saca su fuerza de que nace de una soledad que apela al universo para imponerle el acento humano, y en las grandes artes del pasado sobrevive para nosotros la invencible voz interior de las civilizaciones desaparecidas. (628)

Pero el museo para Malraux no es lugar de paz sino de lucha. Es un combate por la dignidad del hombre, por su valor trascendente.

Nuestra cultura no está hecha de pasados reconciliados sino de partes inconciliables del pasado. Sabemos que no es un inventario, que la herencia es metamorfosis y que el pasado se conquista. (631)

Y los valores se confrontan con el destino, rompen los límites de la condición humana. Suponen un enorme sacrificio, una conquista cotidiana sobre las "partes inconciliables del pasado". Los valores muertos pueden revivir.

Frente al cementerio de los valores muertos descubrimos que los valores viven y mueren en relación con el destino. Como los tipos humanos que expresan los valores más altos, los valores supremos son las defensas del hombre. Cada uno siente que el santo, el sabio, el héroe, son conquistas sobre la condición humana. (631)

Los valores supremos convergen pero no se mezclan, cada uno conserva su infinita singularidad y dignidad. Están siempre ligados a una promesa, a una salvación prometida.

Los santos del budismo no se parecen, no pueden semejarse ni a San Pedro, ni a San Agustín, tampoco Leónidas a Bayardo ni Sócrates a Gandhi. Y la sucesión de valores efímeros que acompañan una civilización: la conciencia del Tao, la sumisión hinduista al cosmos, la interrogación griega, la comunión medieval, la razón, la historia, nos muestran de manera aún más clara cómo declinan los valores cuando dejan de ser salvíficos. (631)

Malraux, en definitiva, va más allá el museo como templo del arte, propone la obra maestra, excelsa expresión del valor más puro, como una obra humana que lo trasciende y lo salva, en todas las épocas.

Es el arte en su totalidad, liberado por el nuestro, con el cual nuestra civilización, la primera que lo hace, afronta al destino. (631)

El artista contemporáneo ha puesto su objetivo final en la creatividad y reconoce este valor supremo en todas las culturas. Por esa razón

Somos nosotros y no la posteridad quienes revelamos un tesoro de siglos, desde que la creación se ha convertido para nuestros artistas en el valor supremo. Somos nosotros quienes arrancamos el pasado viviente del pasado de la muerte. (631)

Así como el arte es propiamente dicho es un "anti-destino", también

La historia en el arte tiene un límite que es el mismo destino puesto que no actúa en absoluto sobre el artista porque suscita clientelas sucesivas sino porque cada época implica una forma de destino colectivo y la impone a quien lucha contra él. (633)

Se está gestando de esta manera una cultura artística universal por primera vez en la historia, cuyos fundamentos son los mismos cimientos del Museo imaginario.

La primera cultura artística universal, la que va sin duda a transformar el arte moderno por quien ha sido orientada hasta ahora, no es una invasión sino una de las conquistas supremas de Occidente. (638)

En este fin de milenio nos reconocemos como los herederos de la grandeza de todas las culturas.

Si la calidad del mundo es materia de toda cultura, la calidad del hombre es su objetivo. Es ésta calidad que la hace no una suma de conocimientos sino una heredera de grandeza. Y nuestra cultura artística, que sabe que no se puede limitar al afinamiento más sutil de la sensibilidad, tantea las figuras, los cantos y los poemas que son la herencia de la más antigua nobleza del mundo, porque se descubre hoy como su única heredera. (638)

No importa que esta presencia del artista sea indiferente al universo de las cosas, la obra de arte es un don hecho al hombre.

Sin duda para un creyente este largo diálogo de las metamorfosis y de las resurrecciones se une a una voz divina porque el hombre no deviene hombre sino cuando persigue su parte más elevada. Pero también es bello que el animal que sabe que debe morir arranque a la ironía de las nebulosas el canto de las constelaciones y que lo arroje al azar de los siglos a los que impondrá palabras desconocidas. (639)

Muchas veces la meditación ante la obra de arte puede ser motivo de una profunda conversión espiritual. Hay muchos testimonios sobre esta metánoia. Uno de las más recientes y conmovedores está narrada en el libro de Henri J. M. Nouwen El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt9. La historia comienza en un Museo imaginario y culmina en el Hermitage. "Un encuentro aparentemente insignificante con una reproducción representando un detalle de El regreso del hijo pródigo de Rembrandt hizo que comenzara una larga aventura espiritual que me llevaría a entender mejor mi vocación y a obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de esta aventura son un cuadro del S. XVII y su autor (Rembrandt), una parábola del siglo I y su autor (San Lucas, 15, 11 -32) y un hombre del siglo XX en busca del significado de su vida". Nouwen, sacerdote holandés y profesor en Harvard cuenta su primer contacto con esta obra maestra a través de un afiche en colores. "Vi a un hombre vestido con un enorme manto rojo tocando tiernamente los hombros de un muchacho desaliñado que estaba arrodillado ante él. No podía apartar la mirada. Me sentí atraído por la intimidad del hombre, el cálido rojo del manto del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho, y la misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo sus manos, las manos del anciano, la manera cómo tocaban los hombros del muchacho, lo que me trasladó a un lugar donde nunca había estado antes". Ese detalle destacado en una reproducción encontrada por casualidad, en un cartel colgado en una pared desencadenó un rosario de eventos que llevó al autor a San Petersburgo, donde pudo contemplar, durante horas, el original de la obra genial, una de las últimas de Rembrandt, su compatriota. Nouwen confiesa "me acerqué a El regreso del hijo pródigo de Rembrandt como si se tratara de mi propia obra: un cuadro que contenía no sólo lo esencial de la historia que Dios quería que yo contara a los demás, sino también lo que yo mismo quería contar a los hombres y mujeres de Dios. Este cuadro se ha convertido en una misteriosa ventana a través de la cual puedo poner un pie en el reino de Dios".

Image fig4

Figura 4

La ventana abierta por la obra de arte se abre decididamente al mundo del espíritu

¿Qué importa Rembrandt a la deriva de las nebulosas? - se pregunta Malraux - Pero es el hombre lo que los astros niegan y es al hombre a quien habla Rembrandt. En el atardecer cuando Rembrandt todavía dibuja, todas las sombras ilustres, y aquellas de los dibujantes de las cavernas, siguen con la mirada la mano dubitativa que les prepara su nueva sobrevida o bien su nuevo sueño. Y esta mano, cuyo temblor en el crepúsculo acompañan los milenios, tiembla con una de las formas secretas, una de las más altas, aquella de la fuerza y del honor de ser hombre. (640 )

Así concluye Malraux su libro y al salir de su Museo imaginario nos franquea generosamente las puertas del Museo virtual10 del siglo XXI para que compartamos con nuestros hermanos el honor de pertenecer a la familia humana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario